El bilingüismo infantil arrastra más mitos que casi cualquier otro tema de la crianza, y la mayoría llevan décadas circulando sin que nadie los haya contrastado.
En muchas ocasiones se ha escuchado que el bilingüismo causa retraso del lenguaje. La realidad es que un niño expuesto a dos idiomas puede tener, en cada idioma por separado, un vocabulario algo menor que un niño monolingüe de su edad. Sin embargo, si se suma el vocabulario de ambas lenguas, el total está dentro de la norma esperada para su edad. Es decir, no le falta lenguaje, sino que simplemente está repartido en dos sistemas diferentes.
Confundir esa distribución con un retraso es el error de origen de este mito. Esto es peligroso, ya que puede llevar a las familias a abandonar un idioma por miedo.

El bilingüismo no es una causa reconocida de trastorno del lenguaje.
Si un niño presenta señales de algún tipo de retraso, se manifiesta en los dos idiomas a la vez.
Por otro lado, también se tiende a pensar que hay que dominar el idioma materno antes de introducir el segundo. Esta idea viene de la concepción de que el cerebro infantil tiene alguna especie de almacenamiento limitado para el lenguaje y, por lo tanto, meter un segundo idioma demasiado pronto le resta capacidad al primero.
Esto no es así.
La exposición simultánea y temprana a dos lenguas no perjudica a ninguna de las dos, siempre que haya suficiente calidad en ambas.
Lo que sí que importa es la proporción de exposición, ya que un niño necesita un volumen suficiente de cada idioma.

Otro de los mitos más resonados es que los niños son esponjas y lo absorben todo sin apenas esfuerzo.
Una esponja necesita agua para empapar y un niño necesita exposición constante, variada y con interacción real para adquirir un idioma.
Ponerlo delante de dibujos animados en otro idioma unas horas a la semana no produce el mismo resultado que una conversación sostenida.
Los niños tienen una plasticidad neurológica que facilita la adquisición de lenguas comparada con la de un adulto, pero facilidad no es sinónimo de garantía.
Lo que es importante es la constancia, no la perfección.
Si hay un mensaje que resaltar de todo esto es que las familias no necesitan hacerlo perfecto. Necesitan ser constantes. Mantener el ritmo, no angustiarse por las mezclas y no interpretar cada titubeo como una señal de alarma.
Esta es la parte que más interesa a la lingüística:
Los niños que crecen así, entre lenguas que a veces se pisan y a veces se turnan, están desarrollando algo mucho más sofisticado que saber idiomas.
Están aprendiendo sin darse cuenta que una misma idea puede decirse de formas distintas según quién escucha. Esto es en el fondo la primera lección de un traductor.
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